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domingo, 21 de agosto de 2016

De cartillas y de oportunismos


Hacer diferencias


En la “realidad” que creemos percibir, las cosas siempre están mezcladas. Por ningún lado podemos percibir hidrógeno, energía cinética, valor de cambio, triángulos, significantes... tenemos agua, que ya es un compuesto y que siempre está mezclada con cantidades de otros minerales; tenemos cuerpos moviéndose, vértice de infinidad de fuerzas y acontecimientos aleatorios; mercancías, fluyendo de un lado para el otro, con gente pegada; vemos objetos de forma más o menos triangular; escuchamos sonidos articulados, modificados por gran cantidad de fenómenos físicos.

Pero, si las cosas están mezcladas, ¿entonces para qué diferenciar? Una respuesta corta sería: eso caracteriza a los humanos; en la etimología de “inteligencia” está la idea de diferenciar entre lo cultivado y la maleza que crece alrededor. Las lenguas humanas son sistemas de discriminación. Por lo tanto, discriminar es constitutivo de lo humano. Querer que no se diferencie (por ejemplo, con palabras mágicas como “holismo”) es una curiosa postura a caracterizar, pues no sólo es imposible no clasificar, sino que la pretensión misma ya incluye una clasificación. Ahora bien, esto no quiere decir que debamos estar haciendo clasificaciones explícitas todo el tiempo (un imperativo así, imposible de llevar a cabo, puede no obstante ocupar a algunos que, de hecho, se aburrirán bastante). Quiere decir, más bien, que la clasificación forma parte de nuestra manera de ver el mundo. Ver un paisaje, arrobado, en silencio, ya incluye la clasificación de los colores que le vienen al sujeto contemplativo por la lengua que habla. Así no abra la boca.

Entonces, es falsa la dicotomía de clasificar o no clasificar. La condición humana ya lo incluye. Es irrenunciable. Además es propio de dicha condición humana pugnar por el sentido, pues sentido no hay. Si lo hubiera, no habría discusiones. Un sentido adviene de una compleja convergencia de asuntos. Eso hace que sean posibles varios sentidos acerca de “lo mismo”. Así, toda clasificación es susceptible de ser discutida. Por eso, las clasificaciones cambian. Pero no al ritmo que se quiere, sino al ritmo que mueve la esfera de la praxis donde las clasificaciones se originan, donde se pugna por ellas, donde se recontextualizan otras, etc.

La posición frente a las clasificaciones, entonces, revela el interés social que agenciamos, en la medida en que nos reporta una ubicación, donde ponemos a funcionar nuestro propio régimen de satisfacción. No se trata, como quiere el estereotipo, de dejar de desbaratar flores y empezar ahora a cantarles loas. Las flores se desbaratan en favor de ciertos intereses, y se intenta mantenerlas unificadas en favor de otros intereses. Difícilmente un poeta diría:

Las gimnospermas pueden poseer flores
que se reúnen en estróbilos,
o bien la misma flor puede ser un estróbilo de hojas fértiles.
En cambio, una flor típica de angiosperma
está compuesta por cuatro tipos de hojas
estructural y fisiológicamente modificadas
para producir y proteger los gametos.

Y difícilmente un botánico diría: «Oh, blanca flor intacta. Abierta y ya cerrada, trasplantada tan sólo por mi sueño. ¿Cómo, cuándo alcanzarte? ¿Adónde enamorarte? ¿Qué puedes tú desear hoy que vives el gozo de aquel cielo lejano, hoy que encierras las nieves invisibles de tus canciones altas? [Ricardo Peña].

Es evidente que se trata de esferas de la práctica social, legítimas, identificables por cualquiera, deseables por unos u otros... pero diferentes.

Documento y mezcla


Todo esto para decir que la “encrucijada” de la Ministra de Educación con el asunto de la cartilla (Ambientes escolares libres de discriminación) es el resultado de mezclar las cosas. Si uno busca comprender, desagrega. No para dejar tiradas las partes, sino para entender el conjunto, para entender su configuración, incluso para producir cosas que no existirían en la realidad si no fuera por esa comprensión. Los últimos elementos de la tabla periódica, por ejemplo. O, sin ir tan lejos, el plástico. No existen en la naturaleza. No hay manera de que la naturaleza los produzca, pero fueron posibles gracias a nuestra comprensión de la naturaleza, gracias a la desagregación de sus partes, al entendimiento de su composición. Cuando uno no quiere entender —cosa absolutamente legítima—, usa la mezcla que ve para su conveniencia. Ahora bien, que uno no quiera entender y que, en consecuencia, no use conceptos (herramientas teóricas que sirven justamente para discriminar), no quiere decir que no esté usando nociones que también clasifican. Clasifica, pero cree estar detectando. El que quiere conocer y usa conceptos, en cambio, pone en entredicho la detección aparentemente espontánea, aparentemente desprovista de intención clasificatoria; y propone una intelección dependiente del sistema de comprensión elegido; por eso, habla en condicional. Mientras que el que cree estar más allá del bien y del mal, habla en imperativo.

Ante el paquete completo, ante la inmensa mezcla de los hechos, se nos invita a tomar postura: contra la cartilla o a favor de la cartilla. Lo curioso es que pocos la han leído. Se trata de optar por los intereses en juego, que van más allá del documento y por eso no necesitan leerlo. La clasificación que hacen es de buenos y malos. Otra vez el drama, la telenovela, el reality. La comprensión no puede ejercerse entre tan pocos elementos. Pero, si uno señala una razón acertada en alguno de los bandos, inmediatamente figura como traidor del otro. Y si uno señala una razón desacertada en alguno de los bandos, inmediatamente figura como aliado del otro

Por esto, si queremos entender, es necesario intentar diferenciar los niveles de análisis que concurren, cosa bastante dispendiosa.

Lo político


El ámbito político, por ejemplo, no busca comprender, sino decidir. Por eso se pone en juego el asunto de si la cartilla había sido o no legitimada por el MEN (independientemente de lo que diga, porque —insistimos— no se la ha leído); también por eso, se enarbola la idea de que los padres exigen conservar su derecho a intervenir en ese asunto, en el marco del fuero que les es propio.

No se trata de si estas cosas son ciertas, si los padres pueden hacerlo, si en realidad quieren hacerlo; incluso, si lo que están haciendo no es tan criticable como lo que critican... no, estamos señalando simplemente que el ámbito político busca decidir, no entender. Por eso, muchas veces decide por la fuerza, no por los argumentos. Por eso se hacen manifestaciones y no argumentaciones. Y con razón, pues del otro lado también está alguien que decide, no que quiere discutir. Se trata de bandos en la misma esfera de la praxis. Por eso su pugna sale en los medios. Curiosamente, ninguno es más racional que el otro, pues no se trata de razones.

Si el asunto fuera meramente político, nosotros no estamos con el oportunismo de cierto sector político que se fundamenta en el principio de usar la ley si le sirve, modificarla si no le sirve y pasar por encima de ella si no puede modificarla. Y, en ese sentido, apunta al corazón de los sujetos... razón por la cual ninguna acusación parece hacerle mella. Es que cada humano lleva un personaje de esos en el corazón. Otra cosa es que a veces se aguante las ganas, o que el alcance de sus actos no llegue tan lejos, así lo quisiera. La popularidad del líder de ese sector político es proporcional al porcentaje de nuestra alma que quisiera proceder así.

¿Y en el otro bando? En el otro bando también hay humanos de los que se puede esperar cualquier cosa. Estar en desacuerdo con las mentiras que se esgrimen para descalificar una postura que no se conoce, no es estar de acuerdo con dicha postura, ¡también desconociéndola! Por eso nos dimos a la tarea de leer la cartilla. Pero, antes de ocuparnos de ella (quizá en una entrega posterior), queremos revisar la manera como se registra el hecho en los medios.

Ah... los medios


Los medios registran las multitudes que se volcaron a las calles. Es algo visible y ruidoso. ¿Algo más apetecible para informar? Las reflexiones y las discusiones de quienes elaboraron el documento no son noticia. ¿Quién gana rating filmando a una persona que piensa?, ¿o a un grupo que trata de diseñar en clave pedagógica unas ideas que no han nacido en el campo educativo?

Las manifestaciones se hacen para que la prensa las registre. Por eso un expresidente se hacía grabar cuando supuestamente estaba respondiendo airado a una invitación fraudulenta. Los medios son hoy el escenario natural de la política. Si los periodistas no filmaran la manifestación, sino calcularan el número de manifestantes, si no lo pusieran en relación con otros hechos que convocan manifestaciones parecidas... sencillamente no existirían.

Los niños son el 27% de los muertos en la guerra que tiene lugar en Siria[1], pero nos enternecemos (“niño sirio herido cuya mirada mueve conciencias”[2]) cuando la televisión muestra a Omran Daqneesh, niño de 5 años que sobrevivió a un bombardeo en Alepo. “Se volvió viral en la red”, es la expresión periodística. ¡Pero si ese es uno de los miles que están muriendo! Sí, pero ése es el que muestran los medios. Que nos muestren los otros, que todavía nos queda ternura para llorar.

Entonces, dado que los medios se ocuparon del asunto, ahora nos ocupamos nosotros. Y la televisión y la prensa escrita inmediatamente hacen una encuestica de pacotilla, para establecer qué porcentaje está de acuerdo o en desacuerdo.

Según la revista Semana #1789, “Muchos colombianos sintieron que el Estado quería inmiscuirse en sus creencias, su concepto de familia y la forma de educar a sus hijos” (p.20). ¿Cómo lo saben los periodistas? ¿No es “inmiscuirse en sus creencias”, hacer entender que las cosas no se caen por su peso?, ¿o que el aceite no es más espeso que el agua sino más viscoso, lo cual es una propiedad molecular invisible? Y como se trata de un “Desafío 2016”, en la otra esquina estarían otros indignados: los que defienden la igualdad de derechos.

Los primeros, ¿están formando a sus hijos para que no discriminen por razones de orientación sexual? Evidentemente, no. Parece que muy pocos lo están haciendo (o logrando, pese a que lo intentan), pues el matoneo viene en aumento. Parece que sólo lo frena la represión, porque los jóvenes se inhiben cada vez menos. ¿Y por qué no se inhiben? Los que aparentemente están del lado bueno creen que es un asunto de educación, en el sentido de “información”... ¡son como los medios! Hace falta una cartilla. ¿Eso es todo el problema? No nos parece. En el asunto de la intolerancia, la línea divisoria parte a todo el mundo en dos. Ni gritando mentiras, ni haciendo monsergas se soluciona el problema... si es que queremos entenderlo.

Según los buenos, los malos mataron a Sergio Urrego y lo tienen como un héroe. De nuevo, en la lógica mediática... como el niño de Alepo... o como Aylan Kurdi, que ya tiene su entrada en wikipedia[3]: el niño de 3 años que se ahogó tras el naufragio de dos embarcaciones de refugiados sirios (¡qué casualidad!, también era sirio). ¿Se acuerdan? De nuevo, según la UNICEF[4], dos niños mueren cada día en el mediterráneo, pero el que nos enternecía era Aylan, pues llegó a youtube[5] donde —para garantizar que se vuelva viral— nos advierten que “las imágenes pueden herir su sensibilidad”. Y fue viral. Ahora es uno más de la estadística de UNICEF.

Pero tragedias como la de Sergio Urrego no son tan fáciles de despachar. Por el lado político, es justo que la Corte Constitucional quiera poner coto a la discriminación y al matoneo. Pero, ¿eso se logra revisando los manuales de convivencia? Parece ser la idea, toda vez que no se caracteriza como una de las medidas que habría que tomar en el marco de un proceso con múltiples aristas, sino que esa sería la panacea. Aparentemente, hemos renunciado a convertir los metales en oro, pero no hemos renunciado a la pretensión —igualmente alquímica— de buscar el medicamento que cura todas las enfermedades, a buscar la asignatura que soluciona los problemas (“Cátedra de la paz”, decreto 1038 de mayo de 2015), la cartilla que disuelve la intolerancia. Los alquimistas no han desaparecido, mutaron en diseñadores de política educativa.

El manual denominado Ambientes escolares libres de discriminación, ¿es lo que plantea o las intenciones que se le atribuyen? Es completamente legítima, justa y coherente con nuestra Constitución, la intención de detener la discriminación, de poner coto al matoneo, de promover ambientes escolares propicios a la resolución razonable de los conflictos. Pero, ¿eso cómo se logra? Como la situación que se quiere erradicar no fue promovida por cartillas —o manuales de convivencia— que llamaban a discriminar y a agredir, no parece claro que tal situación se vaya a erradicar por la vía de una cartilla y de unos manuales de convivencia que enuncien el comportamiento ideal o, al menos, el comportamiento justo. No decimos que un documento no forme parte del esfuerzo necesario, sino que si unos hechos se han producido por el acumulado histórico —en relación con la condición humana—, es imposible deshacerlos sólo mediante enunciados bien intencionados. La buena intención está democráticamente distribuida en las acciones humanas, en las condenables y en las elogiables; en las de un color político y en las de otro; en las que se logran y en las que fracasan.

No todo lo que se diga a nombre de “promover la tolerancia” promueve la tolerancia. Y no todo acto que pudiera ser considerado intolerante por alguien, es promotor de la intolerancia. En la lógica mediática, los propósitos enunciados son muy importantes. Por eso los productos comerciales hablan de “nueva imagen”, o sea: no cambian nada por dentro, pero saben que sujetos que creen haber encontrado su ser en el hecho de ser consumidores, compran imágenes. En educación, compramos eslóganes, buenos propósitos, misiones y visiones trascendentales. Ese ámbito de disfrute del nuevo empaque no es necio. La satisfacción de los humanos es misteriosa. Pero cuando uno trata de entender una situación como la que se comenta, bota el empaque y analiza el contenido. Y, a veces, no hay contenido.

¿Colonización o comprensión?


El MEN no está haciendo “colonización homosexual” de los planteles, como dijo Ángela Hernández, diputada de Santander. Pero porque eso es imposible. La orientación sexual en los humanos no es un asunto de consejos, de consignas, de ejemplos, de normas... Cuando nos parece que la solución está en cambiar unas palabras por otras, asignamos un papel mágico a las palabras. Por supuesto que la palabra es eficaz, pero no cualquiera, ni en cualquier momento, ni de cualquier forma. La eficacia de la palabra requiere condiciones de posibilidad, es algo a entender. De nuevo, es algo compuesto de manera múltiple.

Pero si la orientación sexual convoca muchas cosas, y no solo las buenas intenciones, y si ese conjunto de asuntos no es un listado sino que admite también una jerarquía a partir de la dominancia de alguno de los aspectos concurrentes... pues estamos lejos de entender, lejos de incidir en lo que decimos querer erradicar.

Ahora bien, es legítimo dudar de las posibilidades que tiene quien quiere transformar algo sin entenderlo del todo. Eso nos parece que está ocurriendo —de manera desigual— en ambos bandos. Claro que en este punto alguien salta a decir que con qué derecho se afirma que alguien no entiende del todo algo y que si acaso quien lo dice entonces habla desde la autoridad inadmisible del que cree saber. Este tipo de argumento sirve para justificar todo, pues cada uno sabe lo que sabe y nadie tiene derecho a objetar ese saber, legítimo e históricamente comprensible. Sí, es cierto. Pero “saber” es algo que puede tener muchos estatutos. El saber del mito, por ejemplo, es legítimo, es válido, produce cohesión social. Pero es distinto al saber según el cual el universo tiene que ver con la especificidad de las partículas subatómicas. Ninguno es más válido o legítimo que el otro... a no ser que intente salirse de su ámbito de validez. Si en un intento de comprender, y no de dar cohesión social, se introduce el mito, ahí sí que se lo puede valorar con iguales criterios que a la teoría quántica, y entonces sale perdiendo. Igual, la ciencia no es capaz de producir cohesión social, de manera que perdería a esa escala.

La cartilla tiene pretensión de comprender a escala de la ciencia: cita a la Asociación americana de psicología [APA]; habla de lo ‘cromosomático’, lo ‘gonadal’, lo ‘genital’, de ‘caracteres sexuales secundarios’... que no son términos del sentido común, sino que vienen de una disciplina científica. Es decir, pretende comprender, pretende que su acción política (lo que busca cambiar) está fundamentada científicamente. La otra postura, en medio de la cual se dice toda clase de mentiras, no esgrime argumentos de esa naturaleza: habla de tradición, familia y propiedad.

¿Doxa contra ciencia? Así es que lo quieren hacer pasar los buenos: nosotros tenemos la comprensión legítima, ellos no tienen comprensión, sino una tradición que está mandada a recoger. Si decimos que, a escala de la comprensión, la cartilla deja mucho que desear, se nos dirá que no hay derecho a criticar el saber que allí se expone; pero es a nombre del saber que se condena la otra posición, por carecer de él y más bien encarnar el odio.

Pero, si nos fijamos en los 43 textos que referencia la bibliografía de la cartilla, encontramos lo siguiente: 3 de la APA, 3 del Congreso de la República, 10 sentencias de la Corte Constitucional, 1 del DANE, 1 de UNICEF, 2 del MEN, 3 de la Oficina del Alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 3 de la ONU, 1 de la OEA, la Constitución, 2 de Secretarías distritales. ¡29 documentos de entidades que emiten o ejecutan política! Los 14 documentos restantes son casi todos como la cartilla. Es decir, ¡las fuentes supuestamente científicas se limitan a los documentos de la APA!

La ley


Aunque se presente como si fuera una investigación científica, la cartilla es de política. Y eso es legítimo. La contraparte, que alude a las buenas costumbres y a una moral que suelen esgrimir pero nunca cumplir (como uno de sus partidarios, el actual Procurador General de la República, que parece absolver y castigar con criterio moral), también es política. Ahora bien, en ese nivel político, es indudable que la cartilla está del lado de la ley, es legal. En cambio, si una familia o un colegio discriminan, no pueden alegar “objeción de conciencia”, ni su derecho a educar como quieran, pues eso está contra la ley colombiana vigente.

Pero, el problema de justificarse en la ley es que ésta suele cambiar. ¿Acaso los promotores de la cartilla estarían de acuerdo con la condena a la homosexualidad si vivieran en alguno de los siete países que aplica la pena de muerte[6] a quien la practique? Si la lucha tiene un fundamento en las normas vigentes, tendría que tomar el sentido del vaivén de la norma. Pero si tiene un fundamento más allá, científico como se pretende, las referencias del documento tendrían que ser principalmente teóricas. Si en la coyuntura actual la normatividad está de nuestro lado, esa no es una justificación conceptual. Es política. Y si mañana cambia la norma, ¿a nombre de cuál norma vamos a dar la pelea?

Ese tono ambiguo entre documento teórico y ejecución normativa (que lo blindaría a la crítica), es lo más débil de la cartilla. Además —como si ya tuviéramos poco— el documento le hace así el juego a algo que ocurre hoy y que es un síntoma muy grave para la educación: los asuntos educativos se resuelven en los juzgados. Las instituciones educativas, los agentes educativos están quedando desprovistos. Muchos estudiantes se gradúan a golpe de mallete y no estudiando. Si un profesor evalúa mal un trabajo de tesis, al otro día hay una orden de un juzgado que obliga a graduarlo, toda vez que la víctima ha tutelado su derecho al estudio. Sin proponérselo, el documento Ambientes escolares libres de discriminación pone en acto la idea de que es en los estrados judiciales donde se resuelve la educación. Si confiara en la fuerza formativa de actuar de cierta manera, justificaría esa manera de actuar, no las leyes que —hoy, por suerte, pero quién sabe mañana— coinciden con eso.

Vamos cerrando


La tradición que se creía descripción del mundo y poseedora de la verdad ha pasado por encima de las diferencias. La sanción social a las injusticias que ha cometido, puede ser retaliativa, o ampliar la visión sobre el tema. Con los más de mil quinientos millones de pesos que costó la cartilla, hemos hecho un gran avance. Pero ella no es precisamente, como dijeron las Naciones Unidas en medio del escándalo, un “documento técnico de referencia”. Es necesario avanzar un poco más en fundamentos teóricos rigurosos, que serán de mucha utilidad para apoyar una posición política que es —según nos parece— plausible: la elección que cada sujeto haga en relación con la sexualidad es respetable, y no justifica el irrespeto a las decisiones de los demás.

Como estudio no puede convocar participantes en el sentido de la política: las iglesias, las asociaciones de colegios y de padres de familia, el sindicato de maestros, la Mesa Ampliada Nacional Estudiantil, Colombia Diversa... con el fin de hacer consensos o acuerdos tan generales que no dicen nada, para que nadie brinque.

Un mejor documento no se librará de las mentiras de este sector político que ojalá no acostumbre a los colombianos al axioma fascista según el cual repetir incansablemente una mentira la convierte en verdad. Tal vez la haga verosímil para el consumidor promedio, pero no se aproxima, en lo más mínimo, a la comprensión. Una comprensión aproximada, siempre perfectible se requiere cuando pensamos que para transformar algo, es bueno saber cómo funciona.




[1] http://elpais.com/elpais/2015/09/29/ciencia/1443551966_191417.html
[2] http://cadenaser.com/ser/2016/08/18/internacional/1471509300_581568.html
[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Aylan_Kurdi
[4] http://www.unicef.es/actualidad-documentacion/noticias/ayuda-refugiados-2-ninos-mueren-cada-dia-en-el-mediterraneo
[5] https://www.youtube.com/watch?v=WgNBLu5_ITk
[6] http://factoides.com.ar/post/11400150623/homosexualidad