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lunes, 16 de octubre de 2017

Una pseudo-ciencia como remedio contra otra pseudo-ciencia


La revista Semana N° 1484 (2017-10-01), en la sección “Enfoque” (páginas 14-15), publica un artículo llamado «Locos de atar» en el que la emprende contra cinco casos de pseudo-ciencia. Así dice el encabezado: «Aunque las teorías pseudocientíficas siempre han existido, las redes sociales y la post-verdad han dado fuerza a estas habladurías» y anuncia que reconocidos científicos del país contrastarán sus opiniones con las cinco ideas conspirativas más extravagantes y populares en la red.

A quién va dirigida la objeción


Si se tratara de ideas caracterizadas por la extravagancia (término del artículo), no se vería por qué tales ideas también son populares, como confirma la revista. Entonces, o la gente es tan extravagante como las ideas que denunciará el artículo (pero, en tal caso, ¿no iría la revista dirigida a personas extravagantes por definición?, y, en consecuencia, ¿qué sentido tendría la objeción?), o las ideas en discusión no son despachables simplemente mediante un argumento que, en apariencia, se ubica más allá de una legitimidad histórica. Entonces, ahí es donde comienza la pseudo-ciencia del artículo (la denuncia del caos lo ejemplifica, dice Borges): postular dos ámbitos perfectamente diferenciados: de un lado, lo que dicen unos “académicos”; y, de otro, lo que dicen unos extravagantes. Pero, con sólo comparar a dos de los citados (Fabián Sanabria, más mediático que profesor, y César Ocampo, ingeniero aeroespacial de la Universidad de Kansas), ya se ve el prejuicio, la habladuría y la extravagancia del artículo —para usar sus propios términos—. ¿Acaso los “académicos” —que es un gremio, no un campo científico— no dicen extravagancias en sus ratos libres? Y que las redes sociales (los académicos, ¿no tienen face?) y la post-verdad —según el artículo— les den fuerza a tales habladurías, muestra el terreno en el que se mueve la revista y a lo que le da consistencia: ¿acaso hay una “post-verdad”?, ¿no se trata del nombre mediático que ciertas personas le dan a determinada práctica para tratar de imponer su pugna por un lugar en una política?
Buscar “mentiras” en las redes sociales parece una redundancia, pero, en realidad, lo que el artículo hace —propóngaselo, o no— es legitimar la idea de verdad en una esfera de la praxis humana donde el juicio sobre los enunciados tendría que recaer en otro sitio (la verosimilitud, por ejemplo). Además, poner las redes sociales y la post-verdad en la misma función (ambos les darían fuerza a las habladurías) es un error lógico que puede citarse como pseudo-ciencia (las primeras son un soporte informativo, mientras la otra es un juicio sobre cierta modalidad política). Es evidente, pero parece necesario decirlo: los que ejercen la ciencia en cierto contexto, pueden pasar a sostener la pseudo-ciencia en otros; la segunda guerra mundial dio un doloroso testimonio de esto.

El hombre nunca llegó a la luna


El primer caso denunciado en el artículo es el que afirma: «El hombre nunca llegó a la luna, es un montaje de Hollywood».
Ahora bien, después de que Estados Unidos —según sus propios archivos desclasificados— usó dinero del narcotráfico (al cual, sin embargo, dice hacerle la guerra) para mantener a los paramilitares en Centroamérica, parece un juego de niños la idea conspirativa de que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje. ¡Es más enmarañado —y más perverso— el caso Irán-contras!, para citar sólo un caso.
Contra el delirio conspirativo, la revista cita a César Ocampo, director de Colciencias: éste dice que el hombre (¿el gringo?) ha traído 400 kilos de piedras de la Luna. ¡Cómo si el número de kilos fuera proporcional a la cantidad de verdad! No se habla de las condiciones de posibilidad de una conquista tal, sino de la más ordinaria “evidencia empírica”. No somos apocalípticos, pero también se nos informa que el Curiosity, no tripulado, recoge piedras en Marte. Así, para los crédulos de la revista, basta con eso y con un video —¡tal como piden los medios!—: «hay evidencia grabada de navegación científica y es posible ver los seis lugares donde alunizaron, con un satélite que orbita la Luna». ¡Pero justamente de filmaciones es que habla la idea conspirativa: que se trata de escenas montadas en Hollywood!
El científico no confirma por la vía de la ciencia, sino que nos expone algo del mismo estilo que se quiere objetar: «En teoría, si existiera un telescopio suficientemente poderoso, se podría ver la etapa de descenso del módulo lunar de Apolo, equipos científicos y huellas de las caminatas de los astronautas en la superficie». A la idea verosímil de que los estadounidenses con capaces de montar algo (un gobierno en Chile, por ejemplo), se le opone la hipótesis de un potente telescopio ¡que aún no existe!… y todo para dar otro “testimonio” de corte empírico. Y se olvida que no hay allí una simple mirada, que los telescopios refractores hacían ver coloraciones en los astros que provenían de la aberración cromática de los lentes, no de las propiedades del objeto observado; por eso, se ideó el telescopio reflector de Newton. Y, de otro lado, recordemos que, cuando todavía no había Photoshop, ya Stalin había mandado a borrar de las fotos a Trotsky.
En este primer caso, entonces, el experto se hace vocero de la pseudo-ciencia: intenta persuadirnos de que la ciencia es el terreno de la sensibilidad, cuando, en realidad, es el terreno de la inteligibilidad. Y, para decirnos que la ciencia es un asunto de kilos, de videos y de telescopios hipotéticos, no se necesitaba un ingeniero aeroespacial de la Universidad de Kansas… pero sí se necesitaba para hacerlo creíble; es decir, algo distinto de la ciencia, la cual no necesita ser verosímil.

La Tierra es hueca


El segundo caso denunciado en el artículo es el que afirma: «La Tierra es hueca y en su interior existe una civilización oculta».
En este caso, el experto es José María Jaramillo, geólogo y profesor de petrología de rocas ígneas y metamórficas de la Universidad de los Andes. Dos conjeturas, de órdenes absolutamente diferentes (una de la ciencia y otra de la pseudo-ciencia), tiene el profesor Jaramillo.
De un lado, afirma: «A partir del estudio de los sismos se puede determinar si la Tierra es hueca, y ninguno de los estudios de miles de sismos y de subsuelos en los últimos 70 años ha mostrado tal cosa».  Elige la sísmica para su argumento. Aquí ya tenemos un mecanismo completamente distinto al anterior, pues se parte de los conceptos de una disciplina, no de evidencia empírica. Y, entonces, dice que ningún estudio ha mostrado tal cosa en los últimos 70 años. Atención: no está diciendo que no, sino que, en la historia de esa disciplina, con esos conceptos, eso no se ha probado. Quien atestigüe una antigüedad de 70 años investigando el asunto, que venga y diga otra cosa. Hasta ahí, está bien. Sólo falta aclarar que a veces se pueden repetir los mismos experimentos por años y obtener los mismos resultados, pero que una modificación de la teoría podría alterar esos resultados, podría sugerir la construcción de nuevos instrumentos. Es el caso del tiempo en relación con la masa, por ejemplo, y la necesidad de construir relojes atómicos que percibieron levísimos cambios en los tiempos medidos en la superficie de la Tierra y en el espacio. Como sabemos, esto fue crucial en las observaciones del mundo micro-físico. Agrega el profesor Jaramillo que las medidas gravitacionales también se oponen a la idea en discusión, para lo cual no hace mención a una romana que habría establecido el peso de la Tierra, sino a las relaciones entre los cuerpos, según la comprensión de las fórmulas de la gravitación (las que hicieron, por ejemplo, postular un planeta —Neptuno—, sobre la base del desajuste del comportamiento previsible de Urano por la teoría). Es en ese sentido que se entiende la siguiente frase: «Si hubiera un hueco dentro de la Tierra, la densidad sería mucho menor de la que se estima».
Sin embargo, el científico —para entonces un “opinador” cualquiera—, a continuación, exhibe la siguiente joya de pseudo-ciencia: «Es una teoría fantasiosa que puede estar en la mente de mucha gente porque el hombre primitivo vivió en las cavernas y eso quedó grabado en el subconsciente humano». Quien acaba de hacer gala de las categorías de una disciplina, se pasa, sin el menor desparpajo, a un campo de habladuría y extravagancia (como dice el artículo para referirse a aquellos a quienes sus invitados van a pulverizar). El artículo pasa de contrabando más pseudo-ciencia de la que contribuyó a dilucidar:
-         Habría “ideas fantasiosas”, simplemente; sin embargo, las ideas son suscitadas por varias relaciones: con el otro, con la cultura, con cierta práctica enunciativa; de esta manera, un “científico” se preguntaría, más bien, por la génesis de una idea. Tal como dice el geólogo, la literatura quedaría reducida a “ideas fantasiosas” y no habría diferencia con la creencia religiosa o con la superstición que le permite a un sujeto situarse en su contexto.
-         Las ideas estarían en la mente; en este caso, se confunden las ideas humanas, que se producen en el lenguaje, con el correlato que las ideas necesariamente tienen en el cerebro; que la película tenga correlato en la cámara, no nos dice nada sobre el arte cinematográfico; sin el cerebro, no hablamos, pero el cerebro nada nos dice sobre la estructura lingüística.
-         Habría “hombre primitivo”; este es un prejuicio insostenible desde la antropología: no hay manifestación humana que no esté ya en los primeros hombres.
-         Los primeros hombres habrían vivido en cavernas; esto no es cierto en todos los casos, como lo prueban los testimonios arqueológicos de los primeros hombres en la sabana africana; esto invalidará el siguiente argumento.
-         Haber vivido en las cavernas se habría grabado en el subconsciente humano; esta idea contradice a la primera, apenas dos renglones atrás: si se grabó en el subconsciente humano, no es una teoría fantasiosa; además, sería una idea presente en todos los hombres, o, ¿cómo algo “grabado en el subconsciente humano”, puede usarse a discreción?
-         Habría cosas que se graban en el subconsciente humano; sin embargo, la idea de “subconsciente” no aparece en ninguna disciplina; si por tal se entiende una especie de “herencia cultural”, hemos de afirmar que ésta se transmite por el lenguaje, por la escritura, con la educación; y, en ese caso, no vincula a la humanidad, sino a las culturas. Y si se piensa en una “herencia genética”, hemos de decir que, en los últimos 60 mil años, el cerebro de los hombres no ha cambiado y que el haz genético es lo más conservador que hay, de manera que las transformaciones de las especies no son “evolución”, sino mutación azarosa.

Las ráfagas solares causan los sismos


El tercer caso denunciado en el artículo es el que afirma: «Las ráfagas solares causan los sismos en la Tierra». En este caso, quien responde es Martha Calvache, directora de Geoamenazas del Servicio Geológico Colombiano. De los cinco casos, es la única persona que se limitó a comentar el enunciado en discusión, con argumentos propios de su disciplina, y con prudencia de investigadora científica.
Dice que «Los que estudian el campo magnético saben que las tormentas solares afectan las condiciones en la Tierra, como, por ejemplo, las comunicaciones, pero de ahí a afirmar que esas tormentas causan en el interior del planeta, más o menos a 70 o 50 kilómetros de profundidad, la energía suficiente para generar un sismo es imposible». Es decir, el juicio pasa por entender el campo magnético, por tener unos conceptos. Sabe que las tormentas solares son portadoras de una energía, pero que ésta no es suficiente para generar un sismo (medida que está ponderada, pues es producida por masas inmensas, las placas tectónicas, en movimiento).  Ahora bien, «El hecho de que suceda una tormenta solar al mismo tiempo que un terremoto es una de las tantas coincidencias que se dan en la naturaleza, pero no existe una teoría científica demostrable que relacione ambos fenómenos». Es decir, la casualidad no es una causa… aunque haya pasado de decir que es imposible, a decir que no hay teoría que relacione ambos fenómenos.
Con todo, en este punto parece encontrarse una razón más cercana con la idea en discusión. Tal como está dicha, suena de un estatuto muy distinto a los anteriores: hacer una afirmación sobre las ráfagas solares suena muy sofisticado. En cambio, nos suena más a la creencia popular según la cual los días soleados (nada que ver con ráfagas solares) anuncian la posibilidad de temblor. Si así fuera, se invalida la discusión ‘magnética’, y queda el asunto de las causas generalmente atribuidas, tales como que los terremotos ocurren cuando hay clima seco y caluroso, o después de una sequía. Y nos queda pendiente la explicación de cómo aparecieron tales creencias.

Los alienígenas visitaron las civilizaciones antiguas


El cuarto caso denunciado en el artículo es el que afirma: «Los alienígenas visitaron las civilizaciones antiguas, influyeron en su historia y construyeron los mega monumentos de la Antigüedad». Quien responde es Fabián Sanabria, director del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional y mediático (lo afirma El tiempo[1]). Decimos ‘mediático’ pues se trata de alguien —dicen los periodistas— dispuesto siempre a dar respuesta, en cualquier momento, sobre lo que sea. Es alguien, por consiguiente, inclinado por la recontextualización del saber. Y ya sabemos que, ante tal procedimiento, el saber sufre los efectos que le producen sus auditores: el ejemplo para reemplazar el concepto, la trivialización, la extracción forzada de una utilidad, el vínculo del público con el asunto respectivo…
El caso es que, ante la idea de que los alienígenas visitaron civilizaciones antiguas de la Tierra, de lo cual darían testimonio los mega monumentos de la Antigüedad, el profesor Sanabria dice: «La egiptología ha demostrado los diversos momentos de este imperio. En el caso de las pirámides, en el periodo de Tutankamón se pudieron hacer gradas de madera e incluso rampas para su construcción. De tal modo que las hipótesis que plantean que las pirámides de Egipto y de otros lugares fueron construidas por extraterrestres simplemente son proyecciones esotéricas de gente que no se ha instruido en las indagaciones y descubrimientos arqueológicos».
En esta intervención hay una epistemología muy problemática, pues nos hace aparecer una ciencia por cada país. Acá el profesor Sanabria nos vende una porción de la pseudo-ciencia que, por otro lado, intenta objetar, pues, en realidad, no hay ciencias por países, ni por temas; hay ciencias por objetos de estudio (objetos abstracto-formales). Suponemos que, a Egipto, que no es un objeto de estudio, se le pueden aplicar muchas ciencias: la arqueología, la historia, la antropología, la sociología… Dar la idea de que cada uno puede hacer una ciencia de lo que quiera (pseudo-ciencia pura), pone en problema la crítica misma que se está haciendo, pues los objetados podrían decir que el profesor no sabe de qué está hablando, pues las afirmaciones que discute vienen de la ufología (ciencia del ovni) y no de la sociología que él estudió.
Ciertamente, están dadas las condiciones para que las grandes pirámides hayan sido hechas por los egipcios. Pero, a partir de ahí, no se puede decir que la hipótesis de participación extraterrestre en los mega monumentos de la Antigüedad proviene de simples «proyecciones esotéricas de gente que no se ha instruido en las indagaciones y descubrimientos arqueológicos», pues muchas de esas personas son precisamente aplicados estudiosos de tales temas. Lo que pasa es que tienen otra postura. La pseudo-ciencia, en este caso, es hacernos creer que el mundo del conocimiento se divide en dos: los instruidos y los esotéricos. Se desconoce la postura necesaria para asumir de cierta manera el objeto y, en consecuencia, dedicarse a cierta gramática. El psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría, por ejemplo, no son sencillamente tres ciencias distintas, pues encarnan posturas distintas frente a un mismo problema. No se escogen como tres objetos distintos (como sería el caso de la antropología, la física y la química, por ejemplo), sino como tres posturas excluyentes frente a un mismo asunto.
Pese a que el profesor Sanabria investiga sobre la sociología de las creencias (según reporta su universidad en página web), no se posiciona frente a la creencia (la que está invalidando) como un investigador, pues nada nos dice sobre la gestación de tales creencias; se ubica, más bien, como un juez que se declara a sí mismo como instruido y declara a los que de él difieren como esotéricos. Pero, decir ‘esotérico’ no es decir mucho. ¿Cómo se genera el pensamiento de esa naturaleza? ¿Por qué es algo que insiste?
Al final, el profesor dice, sentenciosamente, que «Las mentiras vitales a veces son más verdaderas que las verdades mortales para los creyentes». Con eso demuestra que está lejos de comprender el fenómeno de los creyentes (tal vez no le interese) y que, a su vez, él cree —el un creyente— estar en un lugar beatífico que sólo existe en una ilusoria ciencia.

Las vacunas son una conspiración de las farmacéuticas


El quinto caso denunciado en el artículo es el que afirma: «Las vacunas no sirven y son una conspiración de las multinacionales farmacéuticas para enriquecerse». En este caso, responde Manuel Elkin Patarroyo, doctor en Inmunología, dice el artículo (que, en una escritura desordenada, cercana a la pseudo-ciencia, en un caso, presenta el cargo y luego la profesión; en otro, la profesión y luego el cargo; en otros dos, sólo el cargo; y, finalmente, el nivel de estudios).
Lo que discute Patarroyo incorpora dos asuntos muy distintos, que el científico no discrimina. La pseudo-ciencia, en este caso, es no ver un dato que estaría ante su mirada, si tuviera ojos para verlo. De un lado, está la investigación que tiene por objeto los medicamentos; y, de otro lado, está el hecho de que dicha investigación está financiada por laboratorios farmacéuticos con poderosos intereses económicos: entre las primeras 31 empresas más grandes del mundo hay tres farmacéuticas (# 22, 26, 31), por encima de la Coca Cola, de Walt Disney, de la Phillips Morris y de la Toyota. Y, como sabemos, las empresas capitalistas buscan el capital, lo ponen por encima de cualquier cosa, incluso de las vidas humanas. El reciente caso del AH1N1 es paradigmático: durante unos meses se actualizaba, en tiempo real, el aumento de los casos; las personas empezaron a salir con tapaboca… una pandemia era inminente. Pero, de un día para otro, desapareció la preocupación. El laboratorio había vendido su stock. La proporción de muertes (según dijo el mismo Patarroyo en su momento) fue inferior a la de las muertes por malaria.
Y, claro, si lo vemos desde la perspectiva científica, este investigador tiene razón: denostar de las vacunas «Es totalmente absurdo, anticientífico y peligroso para la humanidad». El asunto es que ambas cosas están mezcladas. Mientras Patarroyo trabaja para investigar y quiere donar su vacuna a la humanidad, los laboratorios no sólo quieren recuperar sus inversiones, sino también ganar.
Finalmente, Patarroyo alimenta la pseudo-ciencia, a propósito del autismo. Al menos hasta ahora, es falso —como él sostiene— que el incremento del autismo se deba a las vacunas. Pero, en lugar de decir que no sabe cómo se produce el autismo (él es inmunólogo), para liberar a las vacunas de la acusación, pasa él a hacer una acusación igual de infundada: «se debe a la presión social y de los medios que inducen la mayoría de las veces a los individuos a actitudes aislacionistas». Sin conocimiento de los efectos clínicos de la “presión social” (objeto socio-mediático que no tiene que ver con ciencia alguna) o de los medios (cuando él lo está haciendo a través de un medio), se inventa la teoría más cándida del mundo sobre el autismo (parecida a la de que la anorexia es causada por la talla que usan las modelos).
La política y la ciencia tienen especificidades distintas. Pero, en la vida social concurren de maneras diversas. No se pueden mezclar (por ejemplo, echarle la culpa a la biología de los desmanes de los médicos al servicio del nazismo), pero es necesario discriminar y después explicar el fenómeno social que los pone en relación. No olvidemos que con energía atómica se pueden hacer bombas, pero también centrales de producción eléctrica… y que las centrales atómicas pueden dañarse a causa de un terremoto y producir mucho daño.
No se puede echar el bebé de la ciencia con el agua sucia de la política. Pero tampoco se puede encubrir la política a nombre de la ciencia.




[1] http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4257863